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Autor: Tarantino Luis Los mitos populares son imposibles de definir. Si pudiéramos hacerlo perderían esa condición.
La figura del bandoneonista, director y compositor Aníbal Troilo sobrepasa cualquier apreciación estilística dentro de la historia del tango. Aunque Troilo creó una escuela que continúa hasta nuestros días.
Como hombre de la cultura argentina del siglo 20 fue trascendente desde Buenos Aires como después Astor Piazzolla hacia el mundo. El mismo Piazzolla que debutó en la mítica primera orquesta de Troilo a los 18 años y que sabía cada nota de su repertorio.
Troilo fue la encarnación búdica del porteño, un hombre que, además de dejarnos una obra inconmensurable en sus 449 versiones de orquesta y otras con su maravilloso cuarteto, era el catalizador de la vida angélica porteña. Aquella tan bien descripta por Leopoldo Marechal en Adan BuenosAyres o El Banquete de Severo Arcángelo, esa raza de grandes iniciados de las barriadas tangueras de la ciudad.
Troilo era un iniciado en el arte y también en la vida, un Buda Porteño al que no basta con escuchar tocar su bandoneón ni explicar su estilo, que sin dudas sintetizaba magistralmente a Pedro Maffia, Ciriaco Ortiz y tantos otros.
Troilo era un ser excepcional que impactó en el alma de todos los que le conocieron, tenía una manera de relacionarse y de entender a los demás como si fuera su propia alma. Fue un gran Maestro de cantores, pero además fue un Gran Maestro de la Vida, de la vida porteña y de los evangelios sagrados de la hermandad nacida en el Rio de la Plata. Formó parejas magistrales artísticamente con poetas como Homero Manzi, Cátulo Castillo o José María Contursi, con voces como las de Francisco Florentino, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero o Roberto Goyeneche, con músicos como Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese o Roberto Grela.
Todos los argentinos estamos bajo el amparo de hombres-ángeles como Aníbal Troilo que construyeron una mitología que sigue asombrando al mundo y rescatándonos de la fealdad cotidiana.
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